La solidez de los cimientos será la garantía del éxito del futuro. Ello nos asegura que, si las bases están bien hechas, difícilmente haya algún obstáculo que haga tambalear lo que se va construyendo.

Algo similar pasó con este San Martín. El golpe de timón en el receso estival trajo consigo cambios en la conducción técnica y en la capitanía del equipo y allí comenzaron a aparecer algunas claves de lo que se consiguió. El grupo se homogeneizó, la idea de juego arrancó a girar en torno al goleador Claudio Bieler y, si bien costó encontrar volumen de juego en las primeras fechas, el equipo tomó vuelo y lo coronó del mejor modo.

En el día a día sucedieron detalles que no hicieron más que dejar en claro que todos tiraban de la soga hacia el mismo lado. Si bien la recolección de los elementos de trabajos es tarea de utilería, los jugadores siempre se pusieron al lado de ellos, colaborando antes y después de los entrenamientos, por citar algún ejemplo.

Así también, sobre todo en esta etapa final, hay que apuntar a los festejos en los goles. Cristian Correa, arquero que no tuvo la posibilidad de jugar por el rendimiento de Ignacio Arce, fue uno de los primeros en salir disparado del banco para abrazarse y felicitar a sus compañeros luego de cada conquista. O la dedicatoria en Claudio Bieler para Pedro Chambilla, o el abrazo entre Walter Busse y Dante Bautista post empate ante Villa Dálmine, o el canto de los jugadores en el colectivo junto a los hinchas a la salida del Estadio en más de una ocasión.

Situaciones como estas son las que aportaron en el día a día. Mantener la unión de un grupo no es fácil, lograr el ascenso en un Torneo como el Nacional B, tampoco. San Martín pudo con ambos.

Felicitaciones a nuestros jugadores, cuerpo técnico, cuerpo médico y de kinesiología, nutricionista, utilería y auxiliares. Lograron hacer de este grupo de trabajo una gran familia. Consecuencia de ello, este felicidad interminable. GRACIAS.